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Los precios medios de los cereales cierran octubre con nuevas subidas, especialmente los del trigo duro, mientras que el maíz cotizó a los mismos niveles que la semana anterior y la cebada malta se vendió más barata.
Según los datos difundidos hoy por la Asociación de Comercio de Cereales y Oleaginosas de España (Accoe), correspondientes a la semana 43 (21-27 de octubre), el trigo blando cotizó de media a 194,76 euros/tonelada, un 0,86 % más respecto a la semana anterior; la cebada a 180,53 euros (+0,37 %) y el trigo duro a 235,00 euros (+ 1,73 %).
La cebada de malta registró en su precio medio un descenso del 0,65 % en comparación a la semana precedente, quedando en 189 euros/tonelada; el maíz, por el contrario, se mantuvo estable en 178,91 euros/tonelada.
Desde que comenzó 2019, el precio medio mayorista de la cebada ha caído un 5,86 %, la del trigo blando un 3,60 % y la del maíz un 1,55 %; por contra, la subida acumulada del trigo duro se ha situado en el 14,91 %.
En el segmento de proteínas y subproductos, la variación acumulada desde enero de 2019 es de -3,64 % para el precio mayorista de la soja (inició el año a 330 euros/tonelada); de -14,17 % para el de colza (254 euros/tonelada en enero) y de -1,89 % para el de pulpa (212 euros/tonelada).
La cotización de la cascarilla es un 20 % más barata que al inicio del año, cuando se situaba en los 195 euros/tonelada mientras que el precio medio de la pipa de girasol se mantiene en el mismo nivel que a primeros de 2019 (345 €/t). 

Miércoles, 11 Septiembre 2019 18:40

LA LEYENDA NEGRA DE LA CARNE ROJA

José María Bello 03 

Jose Maria Bello Dronda. Doctor en Veterinaria

 Una visión objetiva ante la desinformación generalizada actual sobre la carne

En los últimos tiempos, varios mensajes negativos han calado ( y se continúan lanzando constantemente en la actualidad) en la opinión pública acerca de la carne en general y de la carne roja (carne de animales mamíferos excepto la de conejo, por lo tanto la carne de aves está excluida) en particular: la carne es cancerígena, la carne contiene hormonas y antibióticos, existe un sistemático maltrato para con los animales productores de carne, la producción de carne no es sostenible y está agotando los recursos del planeta… y un largo etcétera.

Si bien es cierto que estos mensajes se sustentan en determinadas evidencias, no lo es menos que dichas evidencias se han descontextualizado, se han magnificado y se han manipulado a conciencia y seguramente también a conveniencia. Las verdades a medias resultantes de este “despiece y envasado” de la realidad siempre encuentran comprador en el mercado de la noticia bienintencionada realizada con ánimo de informar, aunque carente de rigor, y por supuesto, en el rastro de la noticia sensacionalista.

Es cierto que los grupos animalistas han contribuido a la implantación de determinadas mejoras en el bienestar de los animales de granja gracias a su presión sobre los medios en los que siempre encuentran eco y a la presión de estos sobre los legisladores de turno. Sin ánimo de evaluar en este escrito si las medidas legisladas en materia de bienestar animal responden realmente a una mejora de las condiciones de los animales de granja o bien van más encaminadas a aplacar las conciencias de los legisladores y a otorgar concesiones a estos grupos, lo cierto es que la percepción y la opinión del consumidor sobre la industria de la carne y de la producción animal deja bastante que desear. Hemos conseguido el mundo al revés: quien respeta la Ley y provee a la sociedad de alimentos saludables y asequibles y quien más ha arriesgado y ha invertido para mejorar el bienestar de sus animales, es considerado el villano, siendo el héroe aquel que, a menudo basado en la nula experiencia de lo que supone criar animales y en la escasa certidumbre científica, pretende imponer sus tesis y sus creencias al resto de la sociedad mediante el quebrantamiento sistemático del respeto a las personas y a las demás ideas.Es sorprendente el silencio de la industria cárnica, que calla dando la sensación de que también otorga, ante lo que hemos denominado, de forma pedagógica y metafórica, la “Leyenda Negra de la carne roja” que se cierne sobre la carne en general, así como sobre los productores, comercializadores y agentes implicados. Podríamos definirla como aquellas afirmaciones basadas “a priori” en sólidos argumentos emitidos por organismos reconocidos que se pueden resumir en dos: “la carne es perjudicial para la salud” y “la producción de carne produce el deterioro del planeta por el agotamiento de sus recursos”.

Respecto a la primera afirmación, en octubre de 2015, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió un informe en  el  que  afirmaba  que  la  carne  procesada es  cancerígena  para  los  seres  humanos (y  la encuadraba en el grupo 1 de las categorías según su nivel de carcinogenicidad, calificándola de “causa segura”, al mismo nivel que el tabaco) y que la carne roja es “probablemente” cancerígena (y la calificaba como categoría 2 A ya que no se pueden descartar otras explicaciones a las observaciones realizadas y existe alto riesgo de sesgo metodológico).  Los resultados de este informe fueron publicados por los medios de comunicación provocando una gran alarma social y una disminución del consumo de carne por parte de la población.

Profundizando en el informe, la IARC sugiere a la ciudadanía que modere el consumo de carne, pero no que la deje de consumir, reconociendo que es una insustituible fuente de nutrientes, como las proteínas (que además tienen un alto valor biológico) y que dichos nutrientes son más biodisponibles que los aportados por las fuentes vegetales (como la vitamina B12, el hierro y el zinc y las propias proteínas). ¿Y cómo es posible que algo tan positivo sea perjudicial para las personas?  Los efectos dañinos vendrían dados por el impacto en la salud cardiovascular de sustancias que se encuentran en ella de forma natural (ácidos grasos saturados, colesterol) y su probable carcinogenicidad estaría asociada a compuestos que son añadidos para su conservación (sal o nitritos). Además, el riesgo de padecimiento de cáncer colorrectal tendría como causas más importantes    las sustancias que se generan tras el cocinado, como son las aminas heterocíclicas, los hidrocarburos aromáticos policíclicos (que se producen también en el cocinado de otras carnes y alimentos que no han sido estudiados en el informe) y las nitrosaminas (compuestos que se generan tras la adición de nitratos y nitritos a los alimentos como conservantes, moléculas éstas que también se añaden a pescados en conserva y que también pueden ser ingeridos por las personas a través del agua o de las hortalizas).

Dentro de los 800 estudios que alimentan las conclusiones del informe, destacan los epidemiológicos, que establecen una relación dosis-respuesta entre el consumo de carne y la probabilidad de padecer cáncer. De este modo, el informe afirma que la probabilidad de padecer cáncer colorrectal (el tercero en importancia, según la OMS, tras el de pulmón y el de hígado) por consumo de carne procesada sería de un 18% con un consumo de 50 gramos diarios y en el caso de la carne roja de un 17% por consumos superiores a 100 gramos diarios, siempre que se demostrase que la carne roja produce cáncer (¿cuántos estudios más, aparte de estos 800, harán falta hasta que se demuestre?). A este respecto, la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) publicaba en 2016 que el consumo en España de carne procesada es de 56 gramos por habitante y día (aunque según se afirma, no hay muchos datos disponibles al respecto), y en el caso de la carne roja, de 65 gramos, muy lejos de las recomendaciones del propio informe de la IATC que tasa el consumo máximo recomendado en 200 gramos de carne roja por persona y día.Lechazos carne

Por otra parte, Nutrimedia, que es un proyecto del Observatorio de la Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra ha analizado el grado de confianza de determinados estudios científicos en base a la consistencia de sus resultados y el riesgo de sesgo. De este modo, en un metaanálisis de cuatro estudios (los únicos disponibles en la bibliografía científica) que implicaban a 1794 individuos y 1271 casos, se concluía que la afirmación de que los patrones alimentarios en base a alimentos vegetales son más saludables que aquellos en los que predomina la carne se sustentaba en estudios con un nivel de confianza “muy bajo”, debido, precisamente,   al riesgo de sesgo y a la inconsistencia de los resultados. La misma entidad consideraba que los estudios disponibles sobre la relación entre el consumo de carne roja y el padecimiento de cáncer colorrectal (25 estudios con 22.286 casos) arrojaban un grado de confianza “bajo”. La confianza de los estudios disponibles (18, con 20.283 casos) sobre la relación entre consumo de carne procesada y cáncer era evaluada como “moderada”.

Hablando de dietas saludables, la Food Standars Agency daba unas recomendaciones en 2007 que cifraban en 150 gramos por día en consumo de fuentes proteicas animales y vegetales (más o menos un 12% de la dieta, completándose con un 8% de grasas y azucares, un 15% de lácteos, un 33% de hidratos de carbono y un 33% de frutas y verduras). Similar recomendación hace en 2019 The Lancet Comission que cifra en 30 gramos por día el consumo de carne roja con unas proporciones del resto de alimentos similares a las anteriores.

Llama poderosamente la atención que el jamón serrano, que se encuentra incluido en numerosas dietas de prestigiosos nutricionistas por el perfil de ácidos grasos de su grasa, sea considerado como dañino para la salud por ser una carne procesada. Es también bastante chocante el caso de la carne de cordero, que con un consumo de menos de 1.7 kg por habitante y año, se considera poco apropiado para otros muchos dietistas en base también al perfil de su grasa, utilizando en sus tablas de composición nutricional, datos de corderos británicos de más peso, ignorando los estudios científicos que demuestran la salubridad del cordero español (silenciado también, por cierto, por la mayor parte de la prensa, más pendiente en destacar los aspectos negativos que los positivos).

Se habla, y creo que, con bastante acierto, de las bondades de la dieta mediterránea como un modelo de alimentación saludable, afirmación corroborada por el hecho de que la esperanza de vida, por ejemplo, en España, es una de las mayores del mundo. Sin embargo, países como Nueva Zelanda, Australia, Hong-Kong y Luxemburgo (cuyas cifras de esperanza de vida y de mortalidad infantil no serán malas) se acercan o superan los 100 Kg de carne por habitante y año, y en algunos casos llegan a los 120 Kg. No sería justo decir que esos buenos indicadores de salud en esos países son gracias al alto consumo de carne, sin embargo, aceptamos con toda naturalidad el que nos sugieran repetidamente que la carne es insana en base a una evidencia de sentido común: que el exceso (como todo en la vida) de carne es perjudicial.

A nadie se nos escapa que los vegetales y las frutas son altamente saludables e insustituibles. Tampoco el hecho de que la carne, base de la dieta humana desde el principio de los tiempos, ha sido una compañera de caminos inseparable en nuestra trayectoria biológica y que , a pesar de todo, todos los excesos son malos y generan un riesgo. El sentido común ya nos lo decía mucho antes que la OMS. A pesar de que fueron estudios científicos los que en su día tacharon de insalubres al pescado azul y al aceite de oliva (nadie duda hoy de que, lejos de ser perjudiciales para la salud, son todo lo contario), bienvenidos sean los mensajes de moderación (también suscritos por el Fondo Mundial para la Investigación contra el Cáncer, WRCF, que tasa en 300 gramos el límite máximo de consumo de carne por semana, o por, AECOSAN que recomienda la carne dos veces semanales). Así las cosas, es inevitable pensar en las conclusiones que se emitirán cuando se investigue el efecto de la polución, del confinamiento de la población en grandes ciudades, de los campos magnéticos, de las ondas wifi o de las que permiten la telefonía móvil en nuestra salud. ¿Se nos harán también recomendaciones o incluso limitaciones de uso? ¿Se prohibirán como el tabaco?

En cuanto a la segunda afirmación que apuntala los argumentos desfavorables a la carne roja como uno de los agentes más importantes causantes del calentamiento global, tenemos que hacer forzosa referencia al informe emitido por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, dependiente de la FAO) en 2006 y titulado “La larga sombra del Ganado”. En dicho informe se afirmaba que el ganado era el responsable de nada menos que un 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), más que todos los medios de transporte juntos. La atención mediática de esta información que apareció en la mayor parte de los medios especializados y no especializados, proyectó, precisamente, una larga sombra de duda y de desconfianza en el consumidor de cara a los profesionales de la producción animal y a la carne roja en particular.

Han tenido que pasar 12 años para que las aguas de la realidad, de la verdad y del sentido común volvieran al cauce del que nunca debieron salir. De este modo, el “Informe Steinfeld (Steinfeld y Mottet, septiembre de 2018)”, también emitido por la FAO, saca a la luz el error metodológico por el que se utilizaron dos criterios de cálculo distintos para el trasporte y para el ganado, dejando el impacto de éste en un 5% (2.3 gigatoneladas de equivalentes de CO2 por año) contra un 14% atribuible al trasporte (6.9 gigatoneladas), en ambos casos referidos a emisiones directas (lamentablemente el eco mediático de esta información, verdadera,   ha sido ínfimo en comparación con la previa ,falsa a todas luces según los mismos autores)  . La afirmación del propio informe de que en torno a 800 millones de personas sufren hambre y malnutrición y que más de 767 millones de seres humanos viven en condiciones de extrema pobreza (más o menos el 50% de ellos se dedican a labores relacionadas con el ganado), pone de manifiesto el papel esencial de los alimentos de origen animal como potenciales paliativos de esta situación. Se afirma asimismo que la mala prensa generada durante tanto tiempo en torno al ganado ha podido condicionar negativamente posibilidades de inversiones para planes de su desarrollo pudiendo haber incrementado considerablemente la inseguridad alimentaria en los citados entornos y, por cierto, limitando las posibles soluciones a esas situaciones incompatibles con la dignidad humana.

En agosto de 2019, el IPCC publica un nuevo informe, también aireado por la prensa, en cuyos titulares se anuncia que hay que reducir el consumo de carne para frenar el cambio climático, con más o menos matices. En el “Summary for Policymakers” del informe (es un resumen para responsables de las políticas en el que se describe la situación actual de emisiones, suelos, cambio del clima, cultivos, las estrategias de mitigación, las políticas para llevarlo a cabo y las acciones a corto plazo) de 41 folios aparece solo un par de  veces la palabra “carne”, si bien es cierto que de forma genérica se alude a los “cambios en las tendencias de consumo” como una de las estrategias de mitigación, entre muchas otras. Además, en el resumen del documento aparece varias veces el hecho de que los desperdicios de alimentos suponen un 25-30% de la comida producida y que su eliminación total o parcial supondría una reducción en emisiones semejante a las emisiones directas de toda la ganadería. Pero esto tampoco se destaca en la prensa, al menos de manera relevante y, ni mucho menos en la misma medida.

Por el contrario, el documento habla de la necesidad de nuevas tecnologías que mejoren la eficiencia y la productividad en la agricultura (incluyendo la ganadería lógicamente) como elementos imprescindibles para hacer frente a los nuevos retos planteados ante la configuración de la sociedad mundial en 2050. Es lógico pensar que, en un escenario de cerca de 10.000 millones de habitantes, con un aumento de población viviendo en ciudades que se tasa en un

50% a un 70% respecto al actual, con una clase media de más de 3.000 millones de personas y con una demanda de proteína incrementada en un 70%, habrá que ser más eficientes y habrá que contar, por supuesto, con toda la cadena de valor de los productos cárnicos (desde el ganadero hasta la distribución) para afrontar este reto.

En relación con la disminución del consumo de carne, se alzan varias voces disonantes. Por ejemplo, la Universidad de Giessen (Alemania) publica un estudio en 2019 sobre los efectos globales de una nutrición puramente vegetal y sus consecuencias económicas, medioambientales y de nutrición mundial.  El documento afirma que la reducción del consumo de carne en la UE tendría mínimas consecuencias sobre el uso mundial de tierra y en las emisiones mundiales. Cuantifica además la pérdida de bienestar humano y la cifra en 8.000 millones de dólares si se redujera el consumo de carne un 50%.

Por otra parte, la Universidad de Davis (California) afirma que la renuncia a la carne no salvará el clima. Se basa en el hecho de que, según el estudio, si todos los estadounidenses eliminaran completamente la proteína animal de sus dietas, la reducción en las emisiones de gases de efecto invernadero se reducirían solo un 2.6% en Estados Unidos.

Desconozco sinceramente si la superficie cultivable actual del planeta sería capaz de satisfacer los desafíos antes mencionados solamente con vegetales. No debemos dejar pasar el hecho de que la población vegetariana ha crecido un 25% en 6 años, y la vegana un 257% . La tecnología actual,  además, pone en el panel de las posibles soluciones la “carne artificial”  o “carne cultivada”, mediante el crecimiento en laboratorio de células madre (de momento extraídas a partir de suero fetal de bovino, aunque se han hecho ya experiencias con otras especies), con adición de grasas para darle sabor y cultivada con la ayuda de antibióticos para prevenir la contaminación microbiana (absolutamente prohibido en la Unión Europea). Es cierto también que esta carne consumiría un 55% de la energía y emitiría un 4% de gases de efecto invernadero utilizando solo un 1% del terreno, todo en relación con la carne convencional producida actualmente.

El consumidor debería tener en cuenta la huella ambiental que producen los alimentos que va a consumir, pero con rigor y con una información veraz. Sería bueno que fuera consciente de que el oficio de productor de alimentos debería ser reconocido como se merece. Debería valorar la labor medioambiental y social de los agricultores y ganaderos que evitan la despoblación del mundo rural y que cuidan del entorno (eso también es sostenibilidad) asegurando su futuro económico, social y medioambiental. Deberían valorar la ganadería extensiva como elemento favorecedor de la polinización y la biodiversidad, de la prevención de incendios evitando la desertificación y acidificación del suelo, de utilizar alimentos que de ninguna forma podrían ser utilizados por el hombre ni por los monogástricos, también de ser uno de los agentes más eficientes en el mantenimiento de la materia orgánica del suelo, uno de los mayores problemas, por cierto, que tiene planteada la ecología universal, según afirma , entre otros, Allan Savory, el padre del pastoralismo holístico (no en vano, el ovino ha sido reconocido en la UE como alimento sostenible, pero de esto tampoco se habla).

Todo ello sin desdeñar ni menospreciar a la ganadería intensiva. No solamente ha puesto a disposición del consumidor alimentos saludables y seguros (con cotas de seguridad alimentaria sin parangón) sino asequibles a los bolsillos más humildes (no olvidemos que las proteínas más baratas, incluidas las vegetales, los lácteos y el pescado, son las de cerdo y pollo). Ha conseguido avances tecnológicos que contribuyen definitivamente a la eficiencia demandada por los expertos en cambio climático, con gran protagonismo, por cierto, de las empresas de alimentación animal, tan denostadas y menoscabadas y que, además, son claros impulsores desde hace decenios de la economía circular (uno de los pilares de la sostenibilidad actual) por la utilización de subproductos agrícolas para la alimentación del ganado. Como ejemplos, entre otros muchos, podemos citar el ahorro de un 26% de alimento para producir un kilo de pollo (desde 1980 a la actualidad) o el ahorro de nitrógeno para la producción de leche en base a dietas basadas en aminoácidos. Como no podía ser de otra manera, la industria de la producción animal lleva años preparándose para los desafíos antes aludidos: la nutrición de precisión, las tecnologías bioanalíticas, la investigación y modelización de los sistemas digestivos y metabólicos de los animales de producción, la innovación en el reparto de alimento en granja, el conocimiento de la salud intestinal, la bioseguridad y su papel en el ahorro de antibióticos, la tecnología  de  fabricación  de  vacunas  con  el  mismo  objetivo,  la  exploración  de  nuevos ingredientes, las proteínas alternativas y la irrupción en la alimentación animal de los conceptos de sostenibilidad son claros ejemplos de ello.

Tampoco debemos olvidar que la sostenibilidad no contempla solo el aspecto medioambiental. Existe también la sostenibilidad económica, necesaria para la salvaguarda de la renta de las personas que trabajan produciendo alimentos. Existe asimismo la sostenibilidad social que cuida aspectos como el bienestar vital de esas personas, de su dignidad,  felicidad y realización personal en su profesión, así como del acceso de las mujeres que trabajan en el mundo rural a unas condiciones de vida dignas y a un reconocimiento que sin duda merecen y que hasta ahora no han tenido.

 Los que luchamos por un universo verde, los que amamos los animales, tanto que hemos dedicado la vida entera a su estudio, a su salud y a su bienestar, queremos veracidad y certidumbre y un ciudadano y consumidor bien informado. Sin leyendas negras ni tampoco rosadas. Dejemos que la carne siga siendo, sencillamente roja.

 

 

Fecha de publicación: 05/09/2019

» El índice de precios de los alimentos de la FAO* se situó en agosto de 2019 en un promedio de 169,8 puntos, es decir, un 1,1 % (casi 2,0 puntos) menos que en julio, pero todavía un 1,1 % más que en agosto de 2018. La reducción de agosto supuso la tercera disminución mensual consecutiva del índice, debiéndose el descenso más reciente a caídas pronunciadas de los precios del azúcar y de los principales cereales que contrarrestaron los aumentos de todos los demás subíndices, especialmente el de los aceites vegetales.

» El índice de precios de los cereales de la FAO registró en agosto un promedio de 157,6 puntos, esto es, hasta un 6,4 % (10,8 puntos) menos que en julio y un 6,6 % (11,1 puntos) por debajo de su nivel en el mismo mes del año pasado. Al igual que con el descenso de julio, la caída del valor de este subíndice en agosto refleja bruscos descensos de los precios del trigo y de los principales cereales secundarios, especialmente del maíz. Los precios del trigo mantuvieron una tendencia a la baja, influenciada por abundantes disponibilidades para la exportación y, por ende, una mayor competencia entre los principales exportadores. Los valores del maíz también pasaron a descender bruscamente en agosto, principalmente debido a la expectativa de una cosecha mucho más abundante de lo pronosticado anteriormente en los Estados Unidos de América, el mayor productor y exportador de maíz del mundo. Por el contrario, los precios internacionales del arroz repuntaron en agosto gracias a la escasez estacional en los proveedores del hemisferio norte y en Tailandia por la preocupación acerca del efecto del clima en las cosechas.

» El índice de precios de los aceites vegetales de la FAO se situó en un promedio de 133,9 puntos en agosto, lo cual representa un aumento de 7,5 puntos (un 5,9 %) desde julio y el nivel más elevado en 11 meses. El aumento se debe a la subida de los valores del aceite de palma y de varios otros aceites. Las cotizaciones internacionales del aceite de palma experimentaron una subida repentina sustentada por un repunte de la demanda mundial de importaciones y unas existencias menores de lo previsto en Malasia. Además, Indonesia informó sobre condiciones atmosféricas desfavorables en las principales regiones productoras, lo cual avivó las preocupaciones acerca de los suministros futuros. Con respecto al aceite de soja, los precios se vieron sustentados por la robustez de la demanda, tanto del sector alimentario como del de biodiésel, sumada a los informes de un volumen de molienda inferior al previsto en los Estados Unidos de América. Asimismo, la creciente demanda de los productores de biodiésel de la Unión Europea reforzó los precios internacionales del aceite de colza.

» El índice de precios de la carne de la FAO* ascendió a un promedio de 179,8 puntos en agosto, es decir, un aumento del 0,5 % (casi 1 punto) respecto de su valor revisado de julio, con lo cual continúa la tendencia de alzas intermensuales moderadas de los precios que se registra desde febrero. Con el aumento más reciente, el valor del índice se sitúa, respectivamente, un 12,3 % y un 7,8 % por encima de los niveles de enero de 2019 y agosto del año pasado. En agosto, las cotizaciones de la carne de cerdo se fortalecieron aún más a causa de una fuerte demanda de importaciones en Asia, principalmente en China, donde la peste porcina africana siguió limitando la producción nacional de esta carne. A pesar de la fuerte demanda de importaciones, las cotizaciones de la carne de aves de corral y la carne de ovino se mantuvieron estables, debido a un aumento de las disponibilidades exportables en las principales regiones productoras. Si bien el comercio internacional de carne de bovino siguió siendo robusto, las cotizaciones expresadas en USD descendieron ligeramente, a causa del debilitamiento de las monedas nacionales de algunos de los mayores países exportadores, entre ellos Australia.

» El índice de precios de los productos lácteos de la FAO registró un promedio de 194,5 puntos en agosto, con un aumento del 0,5 % (1 punto) desde julio, lo cual apunta a una inversión de tendencia respecto de las bruscas caídas registradas en los dos meses precedentes y hace que el valor del índice se sitúe solo marginalmente (un 0,8 %) por debajo del nivel alcanzado el mismo mes del año pasado. En agosto subieron las cotizaciones del queso, la leche desnatada en polvo y la leche entera en polvo a causa de la mayor demanda de importaciones en lo que respecta a las entregas a corto plazo, a medida que comenzaron a normalizarse las actividades comerciales al finalizar el receso estival en el hemisferio norte. Por el contrario, las cotizaciones de la mantequilla disminuyeron por tercer mes consecutivo debido a una menor demanda, sumada al optimismo del mercado sobre el probable aumento de las disponibilidades exportables de Oceanía en la nueva campaña de producción.

» El índice de precios del azúcar de la FAO ascendió en agosto a un promedio de 174,8 puntos, esto es, un 4,0 % (7,3 puntos) menos que en julio de 2019. El último descenso intermensual de los precios internacionales del azúcar se debe principalmente al debilitamiento del real brasileño, que tiende a incentivar las exportaciones de azúcar. También incidieron en las cotizaciones del azúcar las perspectivas de un incremento de los envíos de la India y México en 2019/20.

* A diferencia de otros grupos de productos básicos, la mayoría de los precios utilizados en el cálculo del índice de precios de la carne de la FAO no se encuentra disponible en el momento del cómputo y publicación del índice de precios de los alimentos de la Organización; por tanto, el valor del índice de precios de la carne de los meses más recientes se deriva de una combinación de precios previstos y observados. En ocasiones, esto puede hacer precisas revisiones significativas del valor final del índice de precios de la carne de la FAO que, a su vez, podrían influir en el valor del índice de precios de los alimentos de la Organización.

 

 

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Justino Medrano y Eduardo Arroyo, en representación de ACOR, han sido recibidos por el director general de COBADU en las instalaciones centrales.

Este miércoles las instalaciones centrales de la cooperativa han acogido la visita de Justino Medrano y Eduardo Arroyo, presidente y miembro del Comité de Recursos de la Sociedad Cooperativa General Agropecuaria ACOR.

En COBADU han sido recibidos por el director general, Rafael Sánchez Olea, quién ha mantenido un encuentro con ellos en los que ha podido mostrar la historia, evolución y claves del crecimiento de la cooperativa. Durante la visita en la sede central, han podido intercambiar impresiones sobre cooperativismo, el sector agrícola y ganadero y la situación de los mismos en el panorama regional.

El director de COBADU ha acompañado a los representantes de ACOR por los distintos puntos de la cooperativa, mostrándole los procesos que se llevan a cabo. Justino Medrano y Eduardo Arroyo también han podido comprobar la capacidad de almacenamiento de materias primas y pienso con el que cuenta COBADU y su modelo de trabajo que han hecho que se convierta en la cooperativa más importante de Castilla y León.

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Los precios medios mayoristas del trigo duro has subido un 2,87 % en la última semana, hasta los 2,17 euros por tonelada, y es el único cereal que ha subido su cotización en este periodo, según la Asociación de Comercio de Cereales y Oleaginosas de España (Accoe).
Los datos relativos a la semana 29 (del 15 al 22 de julio de 2019) sitúan al trigo duro como el cereal con la mayor caída, pues se ha vendido en mercados mayoristas a 196,03, un -1,41 % menos que hace una semana.
Por su parte, la cebada ha bajado un -1,31 %, hasta los 180,30 euros, y la cebada malta lo ha hecho un -0,52 % (192,60 euros/tonelada); el maíz se mantenido prácticamente estable, al venderse a 188,46, un -0,15 % menos que en la semana anterior.
Respecto al acumulado de 2019, la evolución de los precios mayoristas de los cereales reflejan un incremento del 3,54 % en los del maíz y del 6,52 % en los del trigo duro; bajan un 7,24 % los de la cebada y un 4,34 % los del trigo blando.
Desde enero y en el segmento de proteínas y subproductos, las cotizaciones de la soja se han recortado un 1,82 %; los de la colza, un 9,45 %; los del girasol se han mantenido estables y los de la cascarilla han bajado un 21,03 %.
El precio medio de la pulpa ha experimentado un alza acumulado del 2,36 % desde principios de año

El mundo está lejos de cumplir la mayoría de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) ligados a la seguridad alimentaria para 2030, señaló hoy la Organización de la ONU para la Alimentación, la Agricultura y la Ganadería (FAO).
La agencia publicó una primera evaluación de 18 indicadores de cuatro de los quince ODS pactados por la comunidad internacional en 2015, a partir de los datos disponibles de 234 países y territorios.
En algunos casos se han registrado progresos, pero el resultado a nivel global es negativo, entre otras cosas por el aumento de la prevalencia del hambre, considerada la "tendencia más preocupante", dijo a Efe el jefe de Estadísticas de la FAO, Pietro Gennari.
El número de personas que pasan hambre creció en 2018 por tercer año consecutivo hasta casi 822 millones de personas, equivalente al 10,8 % de la población mundial.
Gennari subrayó que se han encontrado "dificultades en casi todos los ámbitos relacionados con la alimentación" como, por ejemplo, la disminución de la inversión pública en agricultura y ganadería a pesar de la importancia que tiene para erradicar la malnutrición.
Entre 2016 y 2017, por ejemplo, se observó un aumento moderado de los precios de los alimentos en todas las regiones, mientras que las anomalías en los precios, que impactan en el acceso a los alimentos, afectaron a un tercio de los países pobres sin acceso al mar, muchos de ellos en África y Asia.
Por el momento el mundo suspende en aspectos como la explotación de los recursos pesqueros, la conservación de recursos genéticos de plantas y animales, o el estado de bosques.
El estudio recuerda que la sobrepesca afecta a un tercio de las poblaciones de peces, más de la mitad de las razas locales de ganadería están en riesgo de extinción en los 70 países que ofrecen información, y entre 2000 y 2015 se ha perdido una superficie forestal del tamaño de Madagascar, principalmente por el avance de la agricultura en los trópicos.
No obstante, hay algunos motivos para el optimismo después de que en los últimos tiempos se hayan observado mejoras en la gestión de los bosques, ralentizándose así el ritmo de deforestación, y en la contribución de la pesca sostenible a la economía de los países más pobres.
Además, en 2018 el material genético de plantas conservado en bancos de semillas ascendió a 5,3 millones de muestras, el 3 % más que el año anterior, aunque los esfuerzos siguen siendo insuficientes para preservar los cultivos menos utilizados y las especies salvajes.
El experto de la FAO precisó que algunos de los indicadores se han empleado por primera vez, por lo que puede ser "demasiado pronto" para saber si se están logrando las metas o no, como cuando se analiza la productividad y los ingresos de los pequeños productores, la eficiencia en el uso del agua o la conservación de los ecosistemas montañosos.

Los precios medios mayoristas del maíz frenaron en la primera semana de julio su tendencia al alza al registrar un leve descenso del 0,05 % respecto a la anterior, según la Asociación de Comercio de Cereales y Oleaginosas de España (Accoe).
Los datos relativos a la semana 27 (del 1 al 7 de julio de 2019) confirmaron, por el contrario, una nueva caída del precio de la cebada (-0,30 %) y del trigo blando (-0,33 %), mientras que el trigo duro se recuperó con un repunte del 0,40 % respecto a la semana precedente.
Concretamente, el precio medio del maíz se situó en 188,37 euros por tonelada; el de la cebada en 179,76; el trigo duro en 211,67 euros; y el del trigo blando en 195,38 euros.
En cuanto a la cebada malta, el precio permaneció estable en 192,60 euros.
Respecto al acumulado de 2019, la evolución de los precios mayoristas de los cereales reflejan un incremento del 3,65 % en los del maíz y del 3,5 % en los del trigo duro, mientras que bajan un 6,26 % los de la cebada y un 3,29 % los del trigo blando.
En el segmento de proteínas y subproductos, desde el mes de enero los precios de la soja han bajado un 3,03 %, en contraste con la subida de los de la colza, que se han disparado un 25,98 %, y los de la cascarilla, que han crecido un 21,03 %.
Los incrementos acumulados han sido más leves en el precio medio de la pulpa, que sube desde enero un 1,42 %, mientras que la pipa de girasol sigue sin registrar cambios en su cotización media. 

España se acercó a los 37,5 millones de toneladas de producción de alimento para animales en 2018 (industrial más autoconsumo) y lideró por primera vez el ránking europeo, superando a Alemania, según ha asegurado hoy la directora general de Producciones y Mercados Agrarios, Esperanza Orellana.
En una rueda de prensa junto al director general de la Confederación de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), Jorge de Saja, para hacer un balance de la campaña de 2018 y estimaciones en 2019, Orellana ha valorado estos volúmenes de producción en pienso industrial y de autoconsumo.
La fabricación ha subido un 6,3 % anual y en un 20 % en los últimos cuatro años, según ha detallado.
Orellana, quien ha recordado que la industria de los piensos representa el 12,3 % del valor de la producción alimentaria, ha asegurado que es un sector "consolidado", impulsado por su "fortaleza" y por la del comercio exterior.
Aún siendo una potencia mundial, la industria española depende mucho de la importación de materias primas -especialmente proteínas vegetales- para la elaboración de los piensos, lo que supone una "debilidad" dentro del mercado.
En este sentido, Orellana ha señalado que la guerra comercial China-EEUU, que afecta a sus elevadas transacciones de soja, incrementa la volatilidad de los mercados para la alimentación animal y genera incertidumbre.
Uno de los retos para este sector, por tanto, es depender menos de las compras de materias primas y, según ha resaltado, España está intentado recuperar cultivos como la veza por sus beneficios para el ganado, para la calidad de los suelos y para la defensa de la biodiversidad, al facilitar la rotación de los cultivos.
Orellana ha citado otros desafíos como la reducción del uso de piensos medicamentosos, potenciar la economía circular con la reutilización de sobrantes de la alimentación humana o mejorar la estrategia de comunicación para rebatir con datos científicos la "proliferación" de noticias y "alarmas" en las redes sociales.
Por su parte, Jorge de Saja ha avanzado que España superará en 2019 la barrera de los 25 millones de toneladas de producción de pienso industrial para animales de granja y mascotas (no se incluye el de autoconsumo), de acuerdo a las previsiones actuales.
En este caso, España también se colocaría por delante de Alemania por primera vez en términos de producción industrial.
En 2018, se sobrepasaron los 24,8 millones de toneladas de pienso industrial, de los que 23,6 millones se destinaron animales de producción ganadera.
Para De Saja, se trata de "subida espectacular en los últimos años" y eso implica una "gran responsabilidad".
La "gran paradoja", al igual que apuntó Orellana, es que España es el "único gran país de la UE" que no sólo es deficitario en proteína vegetal, sino también en cereales.
Precisamente, la última campaña nacional de cereales no será buena -la previsión es una reducción del 30 % respecto al año anterior- y la industria de los piensos tendrá que importar al menos el 60 % de sus necesidades, aunque De Saja recuerda que hay stock acumulados y producciones holgadas en los ámbitos europeo y mundial.
Para suplir la carencia de proteína vegetal, De Saja es partidario de acudir a fuentes alternativas como los insectos -se usan ya para piensos acuícolas-, los coproductos de la alimentación humana o el aprovechamiento de los descartes de la pesca.
También ha incidido en la necesidad de "comunicar más", porque hasta ahora "sólo sabíamos hacerlo en situaciones de crisis", y aunque se han hecho esfuerzos para comunicar dentro de la cadena de producción, cree sin embargo que esa comunicación "no fluye tanto como nos gustaría hacia fuera del sector".

 

Fecha de publicación: 06/06/2019

» El índice de precios de los alimentos de la FAO* siguió subiendo, por quinto mes consecutivo, y se situó en un promedio de 172,4 puntos en mayo de 2019, es decir, un 1,2 % (2,1 puntos) más que en abril si bien todavía un 1,9 % por debajo de su nivel en el mismo mes del año pasado. Mientras que los precios del azúcar y los aceites disminuyeron, en mayo los demás subíndices registraron incrementos, encabezados nuevamente por el fuerte aumento intermensual de los precios de los productos lácteos, seguidos por los de los cereales.

» El índice de precios de los cereales de la FAO registró un promedio de 162,3 puntos en mayo, lo que representa un aumento del 1,4 % (2,2 puntos) desde abril. Sin embargo, de confirmarse este nivel, el índice se mantendría cerca de un 6 % por debajo del valor alcanzado en mayo de 2018. El pequeño incremento intermensual se debió enteramente a la marcada subida repentina de las cotizaciones del maíz como consecuencia de las perspectivas de disminución de la producción en los Estados Unidos de América. Por el contrario, en mayo las cotizaciones del trigo fueron en general inferiores en vista de las buenas perspectivas sobre la oferta mundial y suficientes disponibilidades exportables. El índice de precios del arroz de la FAO se mantuvo estable por tercer mes consecutivo, debido a que el leve aumento de las cotizaciones de la variedad aromática se vio contrarrestado por una ligera disminución de los precios de la mayoría de los otros segmentos del mercado de arroz.

 

» El índice de precios de los productos lácteos de la FAO registró un promedio de 226,1 puntos en mayo, esto es, un aumento de 11,2 puntos (un 5,2 %) desde abril, con lo cual el índice se situó un 24,2 % por encima del valor de comienzos del año y se acercó a su nivel más alto en los últimos cinco años. El alza marcada de las cotizaciones del queso fue la razón principal del fuerte aumento de mayo, mientras que otros productos lácteos representados en el índice también se mantuvieron por encima de sus niveles de enero. El aumento de los precios de los productos lácteos fue consecuencia de la solidez de la demanda mundial de importaciones en un contexto de limitadas disponibilidades exportables en Oceanía, pues las condiciones de sequía intensificaron el descenso estacional de su producción lechera. La preocupación acerca de la producción de leche en Europa también sustentó los precios.

» El índice de precios de la carne de la FAO* se situó en mayo en un promedio de 170,2 puntos, lo cual representa una subida marginal desde abril; se mantiene así la tendencia de modestos aumentos de precios de mes en mes que se viene observando desde el comienzo del año. En mayo, las cotizaciones de la carne de cerdo siguieron subiendo debido a la fuerte demanda de importaciones, en especial de Asia oriental, que obedece principalmente a una disminución de la producción asociada a la propagación de la peste porcina africana en la región. Los precios de la carne de ovino también se vieron reforzados por la solidez de la demanda de importaciones, a pesar de los volúmenes récord de exportaciones procedentes de Oceanía, mientras que los precios de la carne de aves de corral se mantuvieron estables debido a las condiciones equilibradas del mercado. Por el contrario, las cotizaciones de la carne de bovino disminuyeron respecto de los máximos registrados en abril, como resultado de los abundantes suministros para la exportación en todo el mundo.

 

 

Los costes de alimentación de los pequeños rumiantes se han visto afectados por la importante subida del precio de la alfalfa, en sus distintas variantes, que se ha producido en el último año, según muestran los datos publicados por la Lonja Agropecuaria de León.

Por lo que respecta a la alfalfa paquete rama, se ha pasado de los 162 euros por tonelada que se cotizaban en mayo de 2018 a los 180 euros con los que ha finalizado el mes de mayo del presente año, por lo que el incremento porcentual se sitúa en el 11,1%.

En cuanto a la alfalfa deshidratada, ha tenido mayores subidas de precio, tanto en términos absolutos como en porcentuales. Se ha pasado de 180 a 220 euros por tonelada en el último año. En este caso, el incremento se eleva hasta un significativo 22,2%.

Los forrajes que sí han tenido descensos en su precio en el último año son la paja, que ha bajado un 2% al pasar de 51 a 50 euros por tonelada; la veza que ha evolucionado de 156 a 150 euros por tonelada con una reducción del 3,8%; y el forraje, con descensos del 5% al pasar de 120 a 114 euros por tonelada.

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