Ámsterdam ha aprobado una ordenanza municipal para prohibir la publicidad de productos cárnicos y combustibles fósiles en espacios públicos de la ciudad, una medida que se hará efectiva a partir del 1 de mayo de 2026 y que se aplicará a vallas, marquesinas de autobús y otros soportes urbanos gestionados por el ayuntamiento.
La decisión, adoptada por el consejo municipal con 27 votos a favor de los 45 escaños, fue presentada conjuntamente por el partido ecologista GroenLinks y el Partij voor de Dieren (Partido por los Animales) y forma parte de una legislación más amplia que también restringe la publicidad de vuelos, cruceros y vehículos propulsados por gasolina o diésel en los espacios públicos controlados por la ciudad.
Según la normativa aprobada, Amsterdam será la primera capital mundial en prohibir específicamente los anuncios de productos cárnicos en entornos urbanos, aunque la prohibición no afecta a la publicidad en establecimientos privados, escaparates comerciales o espacios interiores como tiendas y estaciones de transporte gestionadas por terceros.
Durante el debate municipal, el propio Ayuntamiento reconoció que la presencia de anuncios de carne en la publicidad exterior de la ciudad es residual, en torno al 0,1%, muy por debajo de la correspondiente a productos vinculados a los combustibles fósiles, que representan aproximadamente un 4,3%. Este dato ha alimentado el debate sobre el alcance real de la medida y su impacto efectivo en los hábitos de consumo.
Desde el consistorio también se advirtió de que la aplicación de la prohibición deberá adaptarse a los contratos ya firmados con las empresas concesionarias del mobiliario urbano, lo que podría introducir complejidades jurídicas y operativas en su puesta en marcha.
La restricción se enmarca en una estrategia municipal más amplia orientada a promover patrones de consumo considerados más saludables y con menor impacto ambiental, entre ellos el objetivo de que la dieta de la población sea mayoritariamente vegetal en 2050. Sus defensores sostienen que la regulación de la publicidad es una herramienta legítima para influir en el comportamiento del consumidor, mientras que otras voces cuestionan tanto su eficacia práctica como su encaje en el marco de la libertad de comunicación comercial, especialmente cuando afecta a sectores productivos concretos.
La iniciativa de Ámsterdam no es un caso aislado dentro de los Países Bajos. Ciudades como La Haya, Utrecht o Nijmegen ya han aprobado en los últimos años restricciones a la publicidad de determinados productos, sobre todo en el ámbito de la energía fósil y, de forma más puntual, en el alimentario. En todos los casos, estas decisiones han generado un debate recurrente entre administraciones públicas, anunciantes y sectores afectados sobre el equilibrio entre los objetivos medioambientales y la neutralidad económica de las políticas públicas.
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