Los ganaderos de ovino de Castilla y León afrontan estas semanas el esquileo de sus rebaños, una práctica imprescindible para el bienestar animal que, sin embargo, continúa siendo deficitaria. El sector lleva años denunciando que el coste de retirar la lana supera con creces el valor que se percibe por ella, una situación que vuelve a repetirse en la presente campaña.
Según datos aportados por ASAJA Castilla y León, el precio medio de la lana más común —procedente de razas de aptitud cárnica y lechera como Assaf, churra o castellana— apenas ronda los 5 céntimos por kilo. Esta cifra queda muy lejos del coste medio del esquileo, situado en torno a 1,50 euros por animal. En consecuencia, la operación resulta claramente ruinosa para las más de 4.000 explotaciones de ovino de la comunidad.
En una explotación tipo de 500 ovejas, el coste total del esquileo asciende a unos 800 euros, mientras que los ingresos por la venta de la lana apenas alcanzan el 8% de ese gasto. En términos globales, Castilla y León recogerá esta campaña cerca de 4,6 millones de kilos de lana, lo que supondrá un desembolso superior a los 3,1 millones de euros solo en labores de esquila.
No obstante, el contexto internacional ofrece algunos indicios de cambio. El mercado mundial muestra una mayor actividad, impulsada en parte por la demanda de China, que habría reducido sus stocks acumulados en campañas anteriores. Este país centra sus compras principalmente en Australia, gran potencia productora, pero abre una ventana de oportunidad para otros exportadores.
Además, factores como la búsqueda de alternativas al poliéster —afectado por la inestabilidad en Oriente Medio— están favoreciendo el interés por fibras naturales como la lana. En este escenario, España podría jugar un papel relevante, especialmente tras la reapertura a finales de 2025 del mercado chino a la lana nacional, bloqueado durante años por cuestiones sanitarias.
Desde ASAJA insisten en que es clave el papel de las administraciones para facilitar la exportación y aprovechar esta coyuntura. Al mismo tiempo, plantean una doble estrategia: por un lado, potenciar la lana de mayor calidad, como la procedente de raza merina, orientada a mercados textiles de alto valor; y por otro, buscar usos alternativos para la lana más común.
Entre estas alternativas destacan aplicaciones en bioconstrucción, fabricación de aislantes o regeneración de suelos, ámbitos donde la lana podría adquirir un nuevo protagonismo como material sostenible. Para ello, el sector reclama apoyo institucional que impulse su valorización como subproducto y evite que siga considerándose un residuo.
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