Ramsés Reina Arias
Inmunólogo e investigador del Instituto de Agrobiotecnología (IdAB-CSIC-Gobierno de Navarra)
24/09/2026
Cuando hablamos del Complejo Respiratorio Ovino debemos abandonar la idea de que estamos ante una enfermedad provocada por un único microorganismo. El CRO es un síndrome multifactorial en el que participan virus respiratorios, bacterias oportunistas, micoplasmas, factores ambientales y el propio estado inmunitario del animal. La enfermedad aparece cuando todos estos elementos interactúan y rompen el equilibrio existente en el aparato respiratorio.
Entre los principales agentes implicados encontramos virus como Parainfluenza-3 (PI3), adenovirus, virus respiratorio sincitial (VRS), lentivirus de pequeños rumiantes (SRLV) o Border Disease Virus (BDV). Junto a ellos aparecen bacterias como Mannheimia haemolytica, Pasteurella multocida y Bibersteinia trehalosi, además de Mycoplasma ovipneumoniae. Sin embargo, ninguno de ellos actúa de forma aislada. El resultado final depende también de factores como la ventilación, el estrés térmico, el hacinamiento o la capacidad de respuesta inmunitaria del hospedador.
La función del sistema inmunitario no consiste únicamente en eliminar patógenos. Su verdadero objetivo es mantener el equilibrio del organismo. Para ello debe identificar correctamente la amenaza, activar el tipo de respuesta más adecuado y utilizar las herramientas defensivas necesarias para neutralizarla sin provocar daños excesivos en los propios tejidos.
Uno de los conceptos fundamentales es que no todos los patógenos son iguales y, por tanto, tampoco puede ser igual la respuesta inmunitaria.
Cuando nos enfrentamos a patógenos extracelulares, es decir, aquellos que permanecen fuera de las células, la defensa principal es la inmunidad humoral. En este caso los anticuerpos, el complemento y otros factores solubles presentes en sangre, linfa y secreciones son capaces de reconocer y neutralizar al microorganismo. Este mecanismo resulta especialmente eficaz frente a numerosas bacterias y parásitos.
La situación cambia cuando el patógeno vive dentro de las células. Los virus constituyen el ejemplo más claro. Una vez que han penetrado en el interior celular, los anticuerpos tienen dificultades para acceder a ellos. En estos casos se activa la inmunidad celular, basada fundamentalmente en linfocitos T citotóxicos (CD8+) y células NK, capaces de identificar y destruir células infectadas.
La primera línea de defensa corresponde a la inmunidad innata. Tradicionalmente se ha considerado una respuesta poco específica, pero hoy sabemos que posee una capacidad de reconocimiento mucho más sofisticada de lo que se pensaba. Sus células detectan estructuras características de los microorganismos denominadas PAMPs (Pathogen Associated Molecular Patterns) mediante receptores especializados conocidos como TLRs (Toll-Like Receptors). Gracias a este sistema, el organismo puede distinguir rápidamente entre bacterias, virus y otros agentes infecciosos.
Cuando estos receptores reconocen una amenaza, desencadenan una cascada de señales que culmina con la producción de interferones, citocinas y quimiocinas. Estas moléculas generan un estado antiviral, activan mecanismos defensivos y reclutan nuevas células inmunitarias hacia el lugar de la infección.
Posteriormente entra en acción la inmunidad adaptativa. Dependiendo del tipo de antígeno presentado y el tipo de adquisición (antígeno exógeno vs endógeno), la respuesta se orientará hacia perfiles Th1 o Th2. Las respuestas Th1 favorecen la inmunidad celular frente a patógenos intracelulares, mientras que las respuestas Th2 estimulan la producción de anticuerpos y la inmunidad humoral frente a agentes extracelulares.
Uno de los aspectos más interesantes es que la respuesta inmunitaria depende directamente del metabolismo celular. Activar defensas requiere energía, y la forma en que las células utilizan esa energía condiciona la eficacia de la respuesta frente a los patógenos.
Los macrófagos proinflamatorios o M1 se especializan en eliminar microorganismos intracelulares y utilizan preferentemente rutas metabólicas asociadas a la glucólisis rápida. Por el contrario, los macrófagos M2 están más relacionados con la resolución de la inflamación y la reparación tisular. Muchos virus aprovechan precisamente esta segunda vía para favorecer su supervivencia y replicación.
En este contexto, el estrés desempeña un papel decisivo. Un episodio puntual de estrés puede incluso mejorar la capacidad de respuesta inmunitaria. Sin embargo, cuando el estrés es intenso, prolongado o recurrente, aparecen alteraciones metabólicas e inmunológicas que reducen la capacidad defensiva del animal. La energía deja de destinarse a crecimiento, producción o defensa frente a enfermedades y pasa a emplearse en gestionar esa situación de estrés.
Otro concepto clave es el de patobionte. Se trata de microorganismos que normalmente forman parte de la microbiota comensal pero que, cuando cambian las condiciones inmunitarias o ambientales, pueden convertirse en patógenos. En el aparato respiratorio ovino destacan Mannheimia haemolytica, Pasteurella multocida, Bibersteinia trehalosi y Mycoplasma ovipneumoniae.
La microbiota cumple una función protectora fundamental. Compite por nutrientes, ocupa nichos ecológicos y dificulta la colonización por microorganismos potencialmente patógenos. Cuando ese equilibrio se rompe aparece la denominada disbiosis, un fenómeno estrechamente relacionado con el desarrollo del CRO.
Las mucosas constituyen uno de los elementos más importantes de la inmunidad frente a las enfermedades respiratorias. Existe un sistema común de mucosas, conocido como MALT (Mucosa-Associated Lymphoid Tissue), que conecta diferentes superficies corporales.
Esto significa que una estimulación inmunitaria realizada en una mucosa puede generar respuestas protectoras en otras localizaciones. El eje intestino-pulmón constituye uno de los mejores ejemplos de esta interconexión. Sin embargo, esta misma vía también puede ser utilizada por microorganismos potencialmente patógenos para desplazarse entre distintos órganos.
En este contexto, el calostro desempeña un papel esencial. Habitualmente se destaca su contenido en inmunoglobulinas G (IgG), pero en realidad contiene también hormonas, factores de crecimiento, citocinas, exosomas, células maternas y numerosos componentes bioactivos que influyen en el desarrollo inmunitario del cordero.
Durante años se asumió que los anticuerpos calostrales impedían la vacunación temprana. Actualmente sabemos que la situación es más compleja. Aunque estos anticuerpos pueden bloquear temporalmente la producción de nuevos anticuerpos por parte del cordero, las células B sí pueden ser estimuladas y la respuesta celular permanece funcional. Cuando los niveles de anticuerpos maternales disminuyen, los animales vacunados previamente suelen desarrollar respuestas más intensas que aquellos que nunca recibieron estimulación antigénica.
Por ello, la vacunación no debe interpretarse únicamente desde la perspectiva de los anticuerpos circulantes. La inmunidad celular y la inmunidad de mucosas adquieren una relevancia creciente, especialmente frente a patógenos respiratorios y procesos donde los virus desempeñan un papel determinante.
Uno de los mensajes más importantes es que los virus no solo producen enfermedad por sí mismos, sino que modifican profundamente el entorno inmunitario favoreciendo la aparición de infecciones bacterianas secundarias.
Virus como PI3 o VRS dañan el epitelio respiratorio y destruyen células ciliadas, reduciendo el aclaramiento mucociliar y facilitando la adhesión de bacterias como Mannheimia haemolytica. Otros, como los lentivirus de pequeños rumiantes o determinados adenovirus, alteran la producción de interferones, modifican la señalización de los TLRs y provocan disfunción de los macrófagos alveolares.
El resultado es una disbiosis respiratoria caracterizada por la expansión de patobiontes y la reducción de bacterias consideradas protectoras. Esta alteración genera una ventana de susceptibilidad que facilita el desarrollo posterior de neumonías bacterianas.
Por ello, el Complejo Respiratorio Ovino debe entenderse como un síndrome inmunológico además de infeccioso. Los virus alteran la inmunidad de mucosas, modifican el inmunometabolismo y favorecen desequilibrios microbianos que terminan permitiendo la proliferación de patobiontes respiratorios.
Comprender estas interacciones resulta fundamental para desarrollar estrategias de prevención más eficaces y avanzar hacia el diseño de vacunas de mucosas capaces de actuar directamente en el lugar donde se inicia la infección.
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